Cómo deciros…Impactante, provocadora, desgarradora, sufrida…Sí, quizá sean éstos los adjetivos que puedan ayudarme a explicaros, no de forma demasiado enrevesada, las sensaciones con las que salí del cine la semana pasada, después de ver una de las películas más impactantes del año: Anticristo, del también impactante Lars Von Trier, uno de los directores europeos que mejor sabe impresionar al público. Nada de lo que ha hecho hasta el momento ha dejado indiferente a su público, y ésta no es en absoluto su excepción.
Tengo que confesar que no es mi director preferido, pero al igual que ocurre con otros muchos, creo que siempre es recomendable ver su cine. Ninguna de sus películas me han maravillado pero todas me han sorprendido. Creo que tiene el don de la sorpresa, y teniendo en cuenta la crisis creativa por la que atraviesa el cine internacional, siempre es agradable descubrir que aún hay directores que apuestan por proyectos diferentes, aunque éstos no sean del todo de nuestro agrado.
He leído en alguna crítica de la red, que la única intención de Von Trier con esta película es “volver” a hacer caja. Ese “volver” mi chirría. Nunca hubiera dicho que este cineasta danés hace caja con su cine “hiperrealista”. Más bien todo lo contrario. Sí es cierto que pretendió hacerse importante con su “Dogma96” -el cual fracasó- pero no creo que nunca aspirara a hacer “taquillazos”. La concepción del cine que ha pretendido imponer dista mucho de esta finalidad. Es un director que siempre se ha caracterizado por sus extravagancias cinematográficas y por su mal humor –tal y como pudo constatar Nicole Kidman, que después de Dogville jamás ha querido volver a trabajar con él- más que por sus películas. No podemos negar que ha sido su excentricidad la que realmente le ha hecho famoso.

En esta ocasión, sí existe una gran diferencia con respecto a las anteriores: la promoción. Anticristo, a diferencia de sus anteriores proyectos más independientes, sí que ha contado con una mayor estrategia de márketing. Esta vez, el público sí que se ha enterado de que Von Trier estaba de estreno. El género de su nueva película puede que haya influido en este hecho: una mezcla entre el thriller y el terror.
Willem Dafoe y Charlotte Gansbourg encarnan un matrimonio sumido en el dolor a causa de la perdida de su hijo en un trágico accidente. La pareja se retira a una cabaña en el bosque con la esperanza de aminorar su dolor a través del contacto con la naturaleza. El personaje de Dafoe, que interpreta a un psiquiatra, enfrentará a su mujer al corazón de sus miedos para rescatarla de la profunda depresión que la devora.
El filme está estructurado en 5 partes bien diferenciadas: un prólogo de bellísima fotografía, acompañada de música clásica para contrastar las duras secuencias que visionamos. Tres capítulos titulados: Pena, Dolor y Desesperación. Y un epílogo. La película esta repleta de escenas crudas. El sexo explícito junto con la extrema violencia (física y mental) guía al público al umbral más tenebroso que se pueda imaginar, catapultando su oculta demencia al exterior. Los músculos se contraerán y no será hasta ver los créditos finales cuando veamos nuestras sudorosas manos pegadas a las butacas.

Sus referencias al Génesis son obvias. En esta ocasión, la mujer vuelve a ser la culpable de todos los males del hombre. Con un cierto tufillo misógino, Lars Von Trier vuelve a acerca al espectador a una situación humana límite como ya haría en algunos de sus otros éxitos: Bailando en la oscuridad o Dogville.