Hace unas semanas –cuando aún no había comenzado septiembre y el cine aún no presentaba propuestas interesantes- estaba sentada frente al televisor, un domingo por la tarde, dispuesta a tragarme cualquier opción cinéfila que “la caja tonta” estuviera dispuesta a ofrecerme. Después de mucho zapear, la elegida no pudo ser otra que una comedia pastelona: Noviembre Dulce (hasta el mismo título lo dice). Para muchos, seguro que un clásico, para mí, sin embargo, era la primera vez que oía hablar de ella.
Las opciones que había no eran mejores. Entre la “Niñera asesina” y el pastelón de turno, la elección es más que obvia. Por lo menos Noviembre Dulce, en algún momento de su vida, había sido exhibida en un cine. Aunque, ¡qué carajos!, por qué engañaros. Soy débil, sí, y la verdadera razón por la que elegí este petardazo fue por su protagonista. Cada vez es menos común ver a Keanu Reeves en el cine, así que aprovechando la oportunidad que me brindaba ese domingo la tele, no quise dejar pasar el momento de disfrutar de uno de los actores más atractivos de los últimos tiempos.
Después de verla me enteré de que era un remake. Al principio pensé que sería de Otoño en Nueva York, por su gran similitud, pero pronto caí en la cuenta de que era imposible, puesto que ambas cintas son más o menos coetáneas. Así que seguí investigando hasta que di con su semejante: un filme homónimo de 1968 dirigido por Robert Ellis Miller.

No he visto la original, pero sabiendo lo remakes que se hacen en Hollywood, estoy convencida de su exagerada coincidencia. Quizá en los años 60, este tipo de filmes significaron algo para el público, la producción no era tan abundante y las ocasiones de ver una película eran escasas. Ahora todo ha cambiado y creo que no me equivoco si grito a los cuatro vientos que ya estamos hartos de estas fantochadas. Entre las comedias románticas cada vez existe mayor competencia, así que si no nos decantamos por proyectos más originales y mejor construidos, es probable de que nos salga el tiro por la culata. Como le ocurre a este filme, un ensayo gratuito de un experimento que no llega a dar la talla en ninguna categoría cinematográfica: ni en la de comedia ni en la de drama.
Los principales protagonistas de la historia son Nelson (Keanu Reeves) y Sara (Charlize Theron). Él, un publicista agresivo. Ella, una joven bohemia que abandona todo para llevar a cabo su proyecto personal. Ambos se conocerán en un examen de conducir y ese encuentro propiciará su particular historia de amor. Nelson era un hombre incapaz de mantener una relación estable con alguien de carne y hueso y Sara, aquejada de un grave cáncer, decide salvarle de su esclavizada vida y enseñarle a valorar cosas que hasta el momento desconocía. El plan que ella le propone es sencillo: pasar juntos el mes de noviembre.

El argumento, aunque emotivo, no llega a atrapar al espectador. Demasiado inverosímil para mi gusto. Todo sucede sin un porqué, sin darse una razón de peso. Nada está explicado, todo ocurre por que sí. Los actores acaban conociéndose porque los guionistas así lo quieren, pero no porque su historia les haya llevado a eso. Y las interpretaciones, aunque aprobadas, no están ni de lejos para Oscar. La idea no es del todo mala, aunque cuenta con varios problemas de base: el guión está mal construido y la historia, aunque rescatada del 68, ya resulta repetitiva para los tiempos que corren.
Ya no podéis acudir al cine a verla, pero si así fuera, imaginaréis mi recomendación: no se merece más de un domingo por la tarde, de resaca y tirado en el sofá.
Esta semana os pedía paciencia. Paciencia para esperar la llegada de buenos títulos, producciones de calidad. Siguiendo mi propio consejo, esta semana ya no he acudido al cine, así que mi crítica en esta ocasión es sobre una película quizá ya antigua, que no clásica, estrenada en 2005 y que removió más de una conciencia: Los Edukadores.

Actualmente nadie duda de la influencia del cine como una de las señas de identidad de la sociedad contemporánea. Desde sus orígenes, el cine ha buscado argumentos en los hechos históricos, políticos y sociales, que por su inmediatez o por el dramatismo de su acción pudiera atraer el interés de los espectadores. No es extraño, por lo tanto, que el terrorismo haya sido también un buen filón temático para la producción cinematográfica, especialmente en las últimas décadas. Un hito al respecto es la película protagonista de mi post de hoy: En el nombre del padre, del genial Jim Sheridan, uno de los directores irlandeses más alabados en el circuito internacional y autor de grandes éxitos como Mi pie izquierdo, En el nombre del hijo o En América. Las películas de este guionista, director y productor han gozado del favor del público y de la crítica internacional y han reportado dos Oscars a los actores que salían en ellas, además de 13 nominaciones a dichos premios y diversos y numerosos galardones de renombrado prestigio.
La prueba de la injusticia inherente a los premios cinematográficos y la ignorancia de gran parte de la crítica es el desprecio sistemático hacia la comedia, seguramente el más difícil de los géneros, ya sea en teatro, novela, poesía o cine. En lo cómico siempre resulta fácil caer en la farsa –donde pocos, como los hermanos Marx, sobreviven–, el pastelón –donde sólo hay un maestro: Frank Capra– o lo directamente insulso.

Considero que la vieja pregunta sobre qué película es la mejor de la Historia es estéril por innecesaria. Las obras maestras –y las que no lo son, ¡qué narices!– hay que disfrutarlas sin numerarlas ni clasificarlas en mejores y peores. Sin embargo, como uno es un donnadie en este mundo categorizado, cuando me preguntan suelo responder que mi película favorita, entre todas, es Centauros del desierto, dirigida por John Ford y estrenada en 1956.
