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Crítica Noviembre Dulce

Septiembre 18, 2009 · 1 comentario

cartelHace unas semanas –cuando aún no había comenzado septiembre y el cine aún no presentaba propuestas interesantes- estaba sentada frente al televisor, un domingo por la tarde, dispuesta a tragarme cualquier opción cinéfila que “la caja tonta” estuviera dispuesta a ofrecerme. Después de mucho zapear, la elegida no pudo ser otra que una comedia pastelona: Noviembre Dulce (hasta el mismo título lo dice). Para muchos, seguro que un clásico, para mí, sin embargo, era la primera vez que oía hablar de ella.

Las opciones que había no eran mejores. Entre la “Niñera asesina” y el pastelón de turno, la elección es más que obvia. Por lo menos Noviembre Dulce, en algún momento de su vida, había sido exhibida en un cine. Aunque, ¡qué carajos!, por qué engañaros. Soy débil, sí, y la verdadera razón por la que elegí este petardazo fue por su protagonista. Cada vez es menos común ver a Keanu Reeves en el cine, así que aprovechando la oportunidad que me brindaba ese domingo la tele, no quise dejar pasar el momento de disfrutar de uno de los actores más atractivos de los últimos tiempos.

Después de verla me enteré de que era un remake. Al principio pensé que sería de Otoño en Nueva York, por su gran similitud, pero pronto caí en la cuenta de que era imposible, puesto que ambas cintas son más o menos coetáneas. Así que seguí investigando hasta que di con su semejante: un filme homónimo de 1968 dirigido por Robert Ellis Miller.

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No he visto la original, pero sabiendo lo remakes que se hacen en Hollywood, estoy convencida de su exagerada coincidencia. Quizá en los años 60, este tipo de filmes significaron algo para el público, la producción no era tan abundante y las ocasiones de ver una película eran escasas. Ahora todo ha cambiado y creo que no me equivoco si grito a los cuatro vientos que ya estamos hartos de estas fantochadas. Entre las comedias románticas cada vez existe mayor competencia, así que si no nos decantamos por proyectos más originales y mejor construidos, es probable de que nos salga el tiro por la culata. Como le ocurre a este filme, un ensayo gratuito de un experimento que no llega a dar la talla en ninguna categoría cinematográfica: ni en la de comedia ni en la de drama.

Los principales protagonistas de la historia son Nelson (Keanu Reeves) y Sara (Charlize Theron). Él, un publicista agresivo. Ella, una joven bohemia que abandona todo para llevar a cabo su proyecto personal. Ambos se conocerán en un examen de conducir y ese encuentro propiciará su particular historia de amor. Nelson era un hombre incapaz de mantener una relación estable con alguien de carne y hueso y Sara, aquejada de un grave cáncer, decide salvarle de su esclavizada vida y enseñarle a valorar cosas que hasta el momento desconocía. El plan que ella le propone es sencillo: pasar juntos el mes de noviembre.

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El argumento, aunque emotivo, no llega a atrapar al espectador. Demasiado inverosímil para mi gusto. Todo sucede sin un porqué, sin darse una razón de peso. Nada está explicado, todo ocurre por que sí. Los actores acaban conociéndose porque los guionistas así lo quieren, pero no porque su historia les haya llevado a eso. Y las interpretaciones, aunque aprobadas, no están ni de lejos para Oscar. La idea no es del todo mala, aunque cuenta con varios problemas de base: el guión está mal construido y la historia, aunque rescatada del 68, ya resulta repetitiva para los tiempos que corren.

Ya no podéis acudir al cine a verla, pero si así fuera, imaginaréis mi recomendación: no se merece más de un domingo por la tarde, de resaca y tirado en el sofá.

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Crítica Los Edukadores

Agosto 14, 2009 · 3 comentarios

cartelEsta semana os pedía paciencia. Paciencia para esperar la llegada de buenos títulos, producciones de calidad. Siguiendo mi propio consejo, esta semana ya no he acudido al cine, así que mi crítica en esta ocasión es sobre una película quizá ya antigua, que no clásica, estrenada en 2005 y que removió más de una conciencia: Los Edukadores.

Dirigida por Hans Weingartner y protagonizada por Daniel Brühl, sin quererlo se convirtió en una de las películas más exitosas de su año. La técnica utilizada para atraer al público no consistió, ni mucho menos, en ninguna estrategia publicitaria y promocional potente, sino que lo que hizo de esta película una de las más comentadas entre el público europeo más joven fue la puesta en marcha de una de las técnicas más rudimentarias que existen: el boca a boca.

Todo apunta a que fue concebida como un filme minoritario: rodada aparentemente sin recursos y con un argumento contestario, rebelde y sorprendentemente ideológico, que caló entre el público y la crítica oficial, que llegó a catalogarla como “una de las diez mejores películas de Cannes de 2004”, según afirmó Geoffrey MacNab en su columna de The Independent.

Los protagonistas del filme son tres jóvenes: Jan, Peter y Jule, tres alemanes que desprecian la materializada sociedad capitalista y ansían cambiarla. Jule trabaja de camarera en un restaurante de lujo, mientras Jan y Peter, sin que lo sepa la chica, se convierten en los Edukadores: misteriosos asaltantes de chaléts de lujo que nunca roban, pero que sin embargo, descolocan. Su intención es desconcertar y asustar al rico, que piensa que vive seguro en su casa. Las cosas se complican cuando Peter se ausenta durante unos días y Jule y Jan continúan con la acción. En uno de los golpes que dan juntos, las cosas salen mal y los tres jóvenes tienen que secuestrar a uno de los ricos a los que habían ido a enseñar la lección, y que casualmente él de joven también militó en un movimiento anarquista.

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Las conversaciones que fluyen entre los cuatro personajes: moralizantes, idealistas y en ciertos momentos humorísticas, pretenden realizar un radiografía del pasado y del presente, de lo bueno y de lo malo, de lo correcto y de lo incorrecto y de lo moral e inmoral. Un análisis revolucionario de nuestro días, una bocanada de aire, una carretera con una meta diferente. Diferente, sí, diferente…este puede que sea el adjetivo que mejor describa a esta modesta producción. Donde actores, no destacando en exceso, sí conseguirán trasmitir un sentimiento que todo joven debería albergar: el ansia de mejora.

Le pesa a quien le pese, lo cierto es que la sociedad se ha aburguesado. Ya no quedan jóvenes con ganas de cambiar el mundo en el que vivimos. El capitalismo nos ha nublado la ambición, todo está establecido y predeterminado por cuatro adinerados que controlan nuestra vida, mientras que nosotros creemos que vivimos en la sociedad más libre que jamás hubiéramos soñado. ¿Qué nos diferencia de los jóvenes del 68?, sin duda alguna los sueños que infundan en nosotros desde que somos pequeños las grandes multinacionales y el sistema globalizado. Los jóvenes del 68 no eran unos necios como nosotros.

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Pues bien, aunque mi visión resulte ridícula para muchos de los que me estáis leyendo, os diré que la intención de Los Edukadores tiene ese punto romántico tan necesario en el cine y que tanta expectación siempre levanta en el público. Nunca pretendió ser una superproducción (y eso lo demuestra la realización utilizada: cámara en mano y cero iluminación), pero sí que creo que buscaba revolver esa conciencia tan escondida en nuestra generación. No profundiza, pero expone ideas. Ideas y sentimientos propios de una sociedad que nunca debía haberse dejado engañar por una falsa realidad: repleta de opulencia y enfermizo exceso.

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Crítica En el nombre del padre

Abril 3, 2009 · 1 comentario

cartel1Actualmente nadie duda de la influencia del cine como una de las señas de identidad de la sociedad contemporánea. Desde sus orígenes, el cine ha buscado argumentos en los hechos históricos, políticos y sociales, que por su inmediatez o por el dramatismo de su acción pudiera atraer el interés de los espectadores. No es extraño, por lo tanto, que el terrorismo haya sido también un buen filón temático para la producción cinematográfica, especialmente en las últimas décadas. Un hito al respecto es la película protagonista de mi post de hoy: En el nombre del padre, del genial Jim Sheridan, uno de los directores irlandeses más alabados en el circuito internacional y autor de grandes éxitos como Mi pie izquierdo, En el nombre del hijo o En América. Las películas de este guionista, director y productor han gozado del favor del público y de la crítica internacional y han reportado dos Oscars a los actores que salían en ellas, además de 13 nominaciones a dichos premios y diversos y numerosos galardones de renombrado prestigio.

Después del artículo publicado la semana pasada: La huella de ETA en el cine de ficción español, he buscado en mi baúl de los recuerdos y he rescatado uno de los clásicos modernos más polémicos y emblemáticos del cine de temática terrorista: En el nombre del padre, donde Sheridan convierte en ficción un trágico hecho real, que conmocionó no solo a las sociedades inglesas e irlandesa sino a la comunidad internacional en su totalidad.  Los hechos vividos por cuatro jóvenes irlandeses -conocidos como los “cuatro de Guildfor”-  a manos de la policía inglesa volvió a poner en relieve los excesos de poder y autoridad y la sed de venganza de una policía que no era capaz de hacer frente a una banda terrorista cada vez más escurridiza y mejor preparada. El resultado: detener a quien hiciera falta, inocente o culpable, con la única intención de que la sociedad no se revelara en contra de unas instituciones cada vez más malogradas e inservibles que no dudaban en saltarse la legalidad aunque para ello tuvieran que destrozarle la vida a personas inocentes.

Corría el año 1974 y una bomba colocada por el IRA en el ‘pub’ ‘Horse and Groom’ de Guildord causó la muerte de cuatro soldados y un civil. Este hecho desencadenó la tragedia vivida por la familia de Gerry Conlon, acusado de manera injusta, junto a tres amigos, de ejecutores del atentado e integrantes del grupo terrorista del  IRA. Junto a los popularmente conocidos como “los cuatro de Guildford” varios familiares también fueron detenidos, encarcelados y sometidos a violentos interrogatorios en los que la policía británica, mediante procedimientos ilegales, conseguían que todos confesaran un crimen que nunca habían cometido. Quince años después fue reconocida se inocencia, aunque el padre de Gerry, Giuseppe Conlon, también detenido injustamente y acusado de terrorista, murió en la cárcel, antes de poder limpiar su nombre.

El suceso –que Gerry Conlon relató en el libro Proved Innocnet- conmovió a la opinión pública, sin embargo, la cinta no se libró de críticas. Algunos protagonistas retratados en el filme acusaron de calumnias e infamias los argumentos utilizados por el director irlandés, que junto a su compañero Terry George, dejaron constancia de la gravedad del acontecimiento, tildado por muchos expertos como uno de los errores legales y judiciales más lamentables de la historia reciente. Dichas críticas, afortunadamente, no fueron escuchadas por el público y la crítica internacional que no dudó en calificar a El nombre del padre como la mejor película de 1994, denominación que le valdría 4 candidaturas a los Globos de Oro y siete a los Oscar, aunque finalmente no obtuvo ninguno.

Desde el punto de vista cinematográfico, y a pesar de ser una película densa, la realización, la ambientación, la fotografía, la interpretación y la banda sonora no podían ser mejores: La película queda oficialmente inaugurada con una estremecedora canción interpretada por U2, cuyos golpes instrumentales y letra te advertirá de que lo que vas a ver a continuación no se te olvidará jamás. A continuación llega una perfecta ambientación de Belfast y Londres de los años 70 y unos acontecimientos que te indignarán y llenarán de rabia, perfectamente recreados  en las terribles secuencias de los interrogatorios y el duro drama carcelario, donde las drogas, los matones y el aislamiento se convierten en el pan de cada día. Y qué decir de las interpretaciones, principales culpables de trasportar al filme al súmun de la perfección. Un magnífico Daniel Day-Lewis y un sorprendente Pete Postlethwaite harán las delicias de todos aquellos amantes del buen cine.

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Crítica Historias de Filadelfia

Febrero 18, 2009 · 1 comentario

Una crítica de Daniel Martín

cartel8La prueba de la injusticia inherente a los premios cinematográficos y la ignorancia de gran parte de la crítica es el desprecio sistemático hacia la comedia, seguramente el más difícil de los géneros, ya sea en teatro, novela, poesía o cine. En lo cómico siempre resulta fácil caer en la farsa –donde pocos, como los hermanos Marx, sobreviven–, el pastelón –donde sólo hay un maestro: Frank Capra– o lo directamente insulso.

A pesar de estos peligros, varias de las mejores películas de la historia pueden, de una u otra manera y al margen de las desviaciones antes citadas, considerarse comedias: Sucedió una noche, Al servicio de las damas, Ninosthcka, Tovarich, Luna nueva, La fiera de mi niña, Los viajes de Sullivan, Con faldas y a lo loco, Mi desconfiada esposa, El apartamento, Pijama para dos, Annie Hall, Manhattan, Cuando Harry encontró a Sally, Forrest Gump, El gran Lebowsky, etc. Es el género más peliagudo de tratar y suele ser el favorito del público. ¿Por qué las luminarias del séptimo arte suelen darle la espalda? Cuestión de gustos, quizás… o de capacidades.

Historias de Filadelfia, dirigida por George Cukor y producida por Joseph L. Mankiewicz, es una de las obras cumbres de la Historia del cine. Una historia sencilla –una mujer se va a casar por segunda vez y su primer marido quiere impedirlo– sirve para desplegar una maravillosa pléyade de personajes, profundos, reales, autéticos, en una trama donde todo el mundo aparenta ser lo que, en el fondo, es.

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Katharine Hepburn, Cary Grant y James Stewart comandan una serie de intérpretes maravillosamente manejados por Cukor en esta historia donde se mezcla la crítica social con la burla a los tabúes de una sociedad puritana sólo en lo mediático. No hay un solo arquetipo personal ni profesional que no quede depurado tras ver la película: niñas mimadas, mujeres enamoradas y abnegadas, maridos adúlteros, periodistas ambiciosos y frustrados, hombres hechos a sí mismos, viejos verdes… Y así Filadelfia, la “reserva espiritual” de la aristocracia norteamericana, resulta al final tan cercana como cualquier barrio de Brooklyn, Madrid o Sao Paulo.

Como debe ser, aun más en las comedias, los cimientos de la calidad de esta película descansan en el genial guión de Donald Ogden Stewart, adaptación de la obra teatral de Philip Barry. Los diálogos, las situaciones, los momentos estelares –la borrachera en la piscina, la puesta en escena de los “pijos” para dar una imagen ridícula ante los periodistas, la extraña seducción del sarcástico Grant…– están escritos antes de que el maestro Cukor los traduzca en imágenes.

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Historias de Filadelfia es una de las Grandes. Hollywood premió aquel año a Rebecca, otro gran filme, sin duda porque aquella era comedia y esta un dramón con intriga. Pero no creo que nadie prefiera “revisitar” varias veces –la prueba del nueve en cuanto a obras maestras se refiere– la peli de Hitchcok antes de deleitarse, una y otra vez, con una obra maestra en todos los ámbitos que componen una producción cinematográfica. Para la anécdota, Historias de Filadelfia fue una apuesta personal de La Hepburn después de haberla protagonizado en Broadway.

Daniel Martín: Columnista de Estrella Digital, escritor (novela Los despreciables), periodista y profesor. Humanista.

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Crítica Centauros del desierto, por Daniel Martín

Febrero 4, 2009 · Dejar un comentario

Una crítica de Daniel Martín

cartel_centaurosConsidero que la vieja pregunta sobre qué película es la mejor de la Historia es estéril por innecesaria. Las obras maestras –y las que no lo son, ¡qué narices!– hay que disfrutarlas sin numerarlas ni clasificarlas en mejores y peores. Sin embargo, como uno es un donnadie en este mundo categorizado, cuando me preguntan suelo responder que mi película favorita, entre todas, es Centauros del desierto, dirigida por John Ford y estrenada en 1956.

El porqué de esta decisión ha sido largamente meditado. Primero, creo que el western no es un género sino un ambiente. ¿Qué tienen en común La diligencia, Río Bravo, o La leyenda de la ciudad sin nombre? Sólo la época y el lugar. Centauros del desierto es, en ese sentido y a duras penas, un western. En realidad abarca casi todos los géneros. Ethan Edwards, el protagonista –la más sublime encarnación de John Wayne, a pesar de lo que digan un buen y eficaz actor–, busca a su sobrina, raptada por los indios, después de que estos masacraran a su familia. La primera parte del filme es un drama intenso, épico, brutal, donde Wayne y su partenaire, Martin, un mestizo, investigan en lugares recónditos donde se asientan las últimas reservas indias. Ethan es, lejos de los grandes pistoleros del Oeste, un tipo pendenciero, rencoroso, vengativo y, sobre todo, racista. Busca a su sobrina empujado por un odio feroz más que por un amor inexistente.

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Pero, después del primer encuentro con ‘Cicatriz’, el malvado indio, y la ya crecida sobrina –una jovencísima Natalie Wood–, la película deviene en comedia. Martin –protagonista a su vez de la principal subtrama– lucha por la chica encarnada en Vera Miles mientras Ethan es acusado de haber asesinado a un contrabandista. En un sorprendente tono cómico, las secuencias se suceden hasta que llega el desenlace, donde Ethan, para sorpresa y emoción del público, se redime cuando, en lugar de matar a su “indianizada” sobrina, la abraza en una escena insuperable. Entonces, por fin, vuelven a casa pero, en el plano-secuencia más famoso de la Historia, Ethan se queda fuera.

En Centauros del desierto Ford alcanzó su cenit. Y estamos hablando del director que revolucionó la técnica cinematográfica con La diligencia y que firmó, entre otras grandes obras, la trilogía de la caballería, El hombre tranquilo, Mogambo, El sargento negro, El hombre que mató a Liberty Valance y Siete mujeres. Pero en Centauros Ford bordó la traslación visual del magistral guión de Alan Le May, colocó hábilmente su siempre inmejorable colección de secundarios memorables, manejó los pequeños detalles hasta un límite insospechado –el filme hay que verlo con mucha calma porque cada fotograma esconde un pequeño secreto que hace aún más intensa la historia–, construyó una historia tan trágica como las griegas y donde el protagonista, un antihéroe, descubre que no tiene cabida en el mundo moderno y civilizado al que los demás personajes –menos el antagonista, ‘Cicatriz’, a la postre su propio reflejo– pertenecen.

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Este filme es de los que llamo infinitos: por muchas veces que lo veas, nunca termina de sorprender. Es una historia redonda; no hay que dejarse llevar por la primera impresión. La odisea de Ethan es mucho más compleja de lo que parece. Vuelve a Ítaca para ver cómo los bárbaros le arrebatan a su familia. Y luego, en su personal búsqueda, descubrirá que ya nada era como él suponía. Recupera a su sobrina y alcanza la redención, seguramente demasiado tarde. Una de las obras cumbres de la creatividad humana del siglo XX.

Daniel Martín: Columnista de Estrella Digital, escritor (novela Los despreciables), periodista y profesor. Humanista.

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