Crítica Millenium 2

Millenium pasa de ser una película para todos los amantes del buen thriller a un filme única y exclusivamente dirigido a fans e incondicionales. En esta ocasión, no basta con haber visto la primera parte para disfrutar de una segunda que esperábamos aún mejor, sino que además tienes que ser un acérrimo seguidor de la saga para que llegue a convencerte un ápice. Igual que os dije la primera vez que hablé sobre Millenium en este blog, yo no soy seguidora de la saga literaria, no he leído ninguno de los libros, pero la primera parte cinematográfica me fascinó. La presentación de un universo frío y tenebroso, el origen de unos complejos, maravillosos e inusuales personajes y el relato de un magnífico thriller compusieron un película -al menos para los que no habíamos leído el libro- digna de alabanza.

En esta ocasión todo es diferente. La emoción –por lo menos cinematográfica- se pierde, los personajes –aunque los llegamos a conocer un poco mejor- no evolucionan significativamente y la trama –no sé si alguno está de acuerdo conmigo- no es en absoluto emocionante: Sí, hay asesinatos. Sí, Salander vuelve a estar implicada en ellos (en esta ocasión comparte el papel de investigadora e investigada). Y sí, Blomkvistm también estará, aunque no sabría muy bien definir su papel, bueno sí: vuelve a ser un segundón.

A grandes rasgos os diré que en esta segunda parte se indaga en el pasado de Lisbeth Salander, encontrando el origen de muchos de sus problemas y adentrándonos en su naturaleza. Tras los hechos de la primera parte, Lisbeth decide volver de su autoimpuesto exilio para resolver temas del pasado y debido a algunas complicaciones, se ve envuelta en una trama de asesinatos de los que se la considera culpable. Comenzará por su lado una nueva investigación para esclarecer su inocencia mientras que por su lado, el periodista Mikael Blomkvistm intentará ayudarla en paralelo partiendo de que las primeras victimas estaban trabajando para la revista Millennium.

Ni emoción, ni intrigas, ni escenario detectivesco. No sé si ocurrirá también en el libro, pero si esta película fuera una fiel adaptación (que no lo creo), no entendería su desmesurado éxito mundial. Por suerte, la realización es tan mala que deja entrever a todas luces que el problema no está tanto en el legado literario de Stig Larsson sino en la manera que ha tenido de contarla Daniel Alfredson: un telefilme barato, narrado de forma robótica y con una fotografía y un montaje que solo podría ser obra de un aficionado.

Únicamente la acertada banda sonora compuesta por Rasmus Hansenhan y una (de nuevo) brillante Noomi Rapace que lleva todo el peso de la trama, están a la altura de un título, que ni de lejos se hubiese merecido su exhibición en una sala cinematográfica.

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